miércoles, 29 de mayo de 2013

Facebook

RECIBIMOS Y PUBLICAMOS
Por Leonardo de León

1. Algo curioso empuja estas líneas introductorias. Me refiero a una monstruosa revelación de carácter personal: ya no estoy interesado en pensar la realidad, ya no soy capaz de analizar los fenómenos sociales adscribiéndome a las normas de siempre. No obstante, esta conducta no es producto de un capricho ni afán de evasión, mucho menos de una decidida indiferencia por lo real, sino más bien a una necesaria reescritura del concepto de realidad en el marco de un mundo digitalizado, donde los celulares y las computadoras vienen a ser los vasos comunicantes que arman el tejido de lo social. Lo paradójico y lo triste está en que esa reescritura de la realidad termina por abolir la realidad misma.
Dicho de otro modo: hoy en día ya no hay realidad sin virtualidad, y resulta casi imposible tener una sensación cabal de la existencia propia y ajena si esta no participa del frenesí comunicacional y exhibicionista en el que se fundan las sociedades contemporáneas. Hay que mostrarse para ser. En este sentido, Facebook se vuelve un centro de atención insoslayable, ejemplo vivo de un nuevo mundo que se jacta de trasparente cuando no es más que obsceno y compulsivo: el triste espectáculo de la vidriera democrática.

2. Facebook ofrece el mismo atractivo que ofrecen los viajes: la capacidad de la reinvención. Como nadie me conoce realmente, tengo la chance de ser quien siempre he deseado a pesar de los escamoteos del destino o de mis propias limitaciones. Si soy feo, basta encontrarle el ángulo a la cámara para dejar de serlo; si soy inculto, puedo proponer lo contrario con sólo buscar un aforismo de Voltaire y “colgarlo” –el verbo ya hace pensar en algo puesto con un fin decorativo- en mi muro; si soy musicalmente llano, puedo quedar como el melómano más exquisito al compartir el enlace de un tema de Tom Waits que hallé en una página de críticos… En fin, todo esto entraría en las reglas del juego, y en tanto se distinga de una noción de realidad, ese juego es legítimo. El problema ocurre cuando esa línea divisoria tiende a desaparecer.
Hace poco un amigo me contó una anécdota que viene al caso. Él conocía a una chica llamada Belén, a quien le decían cariñosamente Belu. En su Facebook, Belén había integrado creativamente su apodo a otro más general: “Libélula”. Un día alguien se le acerca a Belén en la discoteca con intenciones de intimar y descubre, para su sorpresa, que ella se presenta usando su identificación virtual, su “nickname”, en vez de su nombre de pila.
“Soy Libélula”. Aquí la fuerza ontológica del “soy” destella con una luz de alarma, imprimiendo una violencia al lenguaje, una solidez atroz al simulacro por sobre la realidad. Descubrimos que Belén, aquella chica que hizo uso de las prestaciones del sistema para reinventarse, ha desaparecido luego de una curiosa inversión: Libélula, la entidad virtual, su personaje, su creatura, ha roto las fronteras de su reino y ha invadido –como en un cuento de Lovecraft- el de su autora.
Mientras alguien sea capaz de establecer un juicio crítico ante el sistema e interpretarlo como tal, no hay peligros que trasciendan los del juego mismo, porque ante todo existe lo que los filósofos llaman “sujeto”, un ser incrustado en el lenguaje que jerarquiza, metaforiza, discrimina, sabe poner cada cosa en su lugar. Un sujeto puede darse el lujo de jugar, es decir, de entrar y salir del juego a gusto, siempre y cuando no se vea desprovisto de las herramientas simbólicas necesarias que demarcan su realidad separándola del juego. Si el sujeto desaparece, la realidad sufre una lesión, un corte en su textura, y el juego queda sin contención, listo para escurrirse y colonizar del otro lado. Es entonces cuando aparece Libélula, y ahí ya no hay realidad sino simulacro. Y ese simulacro, por cierto, no merece tal nombre pues se trata de un esquema que coincide punto por punto con lo real. Parece que ya no hay, pues, un mundo, sino Facebook. Ya no hay seres sociales o civiles sino personajes. Belén debe morir sepultada bajo los escombros del sistema para que Libélula surja a la vida. Su funeral coincide con el festejo de su voraz reencarnación.

3. Los usuarios dan sus primeros pasos en la virtualidad con la inocencia de un niño de la calle, felices de haber encontrado el medio para hacer visible su orfandad, ávidos de atención, de un padre, de un hogar, de un sentido de pertenencia. En ese escaparate abierto e incondicional la masa se aglomera, pone el hombro, recurre a cualquier artimaña con tal de obtener algún placer. No hay filtro, no hay nada del orden de la crítica o la evaluación. Todo vale. El juego se reduce a un mero despliegue circense y espectacular. El “pienso, luego existo” cartesiano es brutalmente usurpado por un nuevo ideal: “me muestro, y luego existo”. O mejor: “me muestro porque siento que no puedo existir de otro modo”.
En efecto, parece que el estatuto de realidad sólo se concede luego de que la experiencia concreta atraviesa el tamiz de la pantalla. En esa entrada al mundo dinámico de los bytes, la fibra óptica, los pulsos eléctricos y píxeles, donde la llovizna codificada del software salpica como en un bautismo, es donde el individuo se consagra como parte constitutiva de un algo, y digo “algo” porque creo que tal cosa está en las antípodas de lo que podría llamarse -metafóricamente- un cuerpo social. Se trata más bien de un cuerpo enfermo. Un cuerpo fragmentado y caótico, disuelto en su propio vacío.
Aunque no todos los usuarios son como Libélula, la conducta de la mayoría confirma de otro modo una misma desaparición del sujeto como centro crítico y organizador. Pueden detectarse, básicamente, dos tendencias dominantes. Está el que entra en Facebook para ponerse en escena, cuelga sus fotos, comparte minucias. Y está el otro, huésped encubierto y silencioso, que se aplica a hurgar en las fotos y comentarios de aquél. Puede entenderse, insisto, que ambos son síntomas opuestos de una misma enfermedad plenamente moderna: el resquebrajamiento de la identidad, la dificultad de hacer un Yo capaz de prescindir -al menos en sentido general- de un Tú. En el primer caso, la persona no es capaz de validar su vida por sí misma, por lo que requiere una legitimación externa. El segundo siente que la vida de los otros es más digna de atención que la suya. En conclusión: en Facebook casi nadie está a la altura de ese derecho a la autonomía que, al parecer, se consolidó hace tiempo. Ya nadie se quiere ni es capaz de vivir sin comunicarse. Nadie quiere -nadie sabe- estar solo.

4. ¿Pero a qué se debe esa necesidad tan peligrosa por reinventarse, de la que partimos antes? Resulta difícil no estipular razones que señalan al capitalismo como principal responsable. Con su discurso a favor de la fiestichola perpetua y la suspensión de toda crítica, ha entronizado la figura del objeto superficial -el fetiche- como el radical soberano de las nuevas sociedades. La piel, los accesorios, los autos, la indumentaria, el encandilamiento de lo fascinante y plenamente material, estimula los sentidos al tiempo que aletarga la conciencia. Toda esa máscara asentada sobre los principios de la tolerancia -tan cómplice del sistema de circulación, producción y consumo del mercado desregulado- esconde una cara entumecida que no es capaz siquiera de intuir la ficción que cuelga de sus narices. Extasiado en el placer, el sujeto se torna un montón de carne acrítica.
¿Hay alguna forma de restituir ese juicio faltante y reinstalar al sujeto perdido? Francamente creo que no. La pregunta me hace pensar en la película “El show de Truman” (1998). Como se sabe, allí Truman es puesto en un gigante set de televisión desde el día de su nacimiento para volverlo estrella de un reality. Su esposa, su mejor amigo, sus compañeros de trabajo, todos son actores. Lo que él considera real no es más que un hiperrealista decorado. El sol, el cielo, las nubes, el viento: simple artificio y engaño. Por si fuera poco, el director del programa urde conspiraciones para que Truman se vea envuelto en diversas aventuras e infortunios y así mantenga prendada a la audiencia.
Ahora bien, la película se pone interesante cuando el personaje comienza a registrar inconsistencias, errores de cohesión en su realidad-simulacro: cae un reflector en un espacio abierto, aparecen camarógrafos inverosímiles detrás de las paredes, los transeúntes caminan en círculos, siguiendo un patrón, etc… La conciencia crítica de Truman asoma entonces cuando lo que siempre consideró como normal se le revela como anómalo. Esto habilita la especulación respecto a una entidad de orden trascendente, situada más allá de lo visible: el mundo del Director y el televidente. En ese instante en el que la conciencia se despega de lo inmediato nace el sujeto. Truman descubre que está en un juego cuando intuye la existencia de un mundo -acaso más nítido y vivificante- fuera de ese juego.
El problema de la actual democracia neo-liberal es que ha configurado una noción de realidad que asimila esas grietas o incongruencias y las define como estructuras propias o privativas. En un mundo donde todo vale, nada es del orden de lo extraño y, por tanto, nada merece cambiarse. No hay razones para la indignación, la revolución o la intolerancia. Todo está más o menos bien. Dentro de este mundo, el fenómeno de Facebook no puede ni debe llamar la atención. Y desde luego que los eventos dentro de Facebook, menos.

5. Cuando Truman decide renunciar a su mundo y abandonar el simulacro, el Director lo bombardea con vientos huracanados para disuadirlo. Truman casi muere en el proceso, pero algo nos hace pensar que a estas alturas se debate entre vivir “realmente” o no vivir. Lo que nos llama la atención es que ninguno de los televidentes, testigos de este ataque infundado y cruel, se indigne o muestre alguna disconformidad con el supuesto Director. Absorbidos por la realidad del juego, han olvidado la suya propia, y Truman, el personaje, el siempre engañado, se sitúa un escalón por encima.

Sin embargo, la moraleja es aterradora: una vez libre para decidir, Truman sale del juego y entra en un mundo tan irreal, tan carente de trascendencia y de lenguaje como el anterior. Es un hombre perdido y desgarrado, sin juego ni realidad donde vivir en paz. Pruebe salir de Facebook, y sabrá lo que se siente.

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