miércoles, 31 de agosto de 2016

Es posible producir y conservar el ambiente simultáneamente

José Pepe Puigdevall muestra una sonrisa ancha. En la zona de la Quebrada de los Cuervos, cerca de Treinta y Tres, parece estar en su casa, y de hecho tiene una casa allí, pocos quilómetros antes de llegar a la quebrada misma, uno de los sitios naturales más emblemáticos y hermosos del país.


Los niños corretean, andan en bicicleta por el camino a la Quebrada que pasa al lado de la casa. El hijo pequeño de Pepe protesta porque un caballo “no los deja pasar”. Pepe se ríe y le dice que se las arreglen como puedan. Deberán hacer un curso práctico fulminante sobre comportamiento de un equino manso, que tan sólo anda buscando pasto tierno para comer.
En la casa hay implementos para la cosecha de miel, ya que Pepe, además de agroecologista, es apicultor. Dicen que es la miel más rica que hay a muchos quilómetros a la redonda, y después de probarla es difícil contradecir el elogio. Además hay plantines y pequeños árboles -todos de especies nativas- por todas partes, porque la casa y sus alrededores también son un vivero. Los plantines de árboles y arbustos nativos llenan todo el espacio alrededor de la casa.
En el vivero pueden comprarse plantines, creados a partir de semillas de árboles que crecen en la zona, pero en realidad la principal finalidad del vivero es regenerar el monte nativo alrededor del Paisaje Protegido Quebrada de los Cuervos (así es su nombre oficial).
Pepe y la organización agroecologista que integra, Pindó Azul, se han dedicado por años a regenerar monte nativo degradado en la zona, buscando además que las personas que viven y trabajan en los predios donde están los montes puedan obtener un beneficio económico -sustentable económica y ecológicamente- de la explotación del monte.
Muchos miles de árboles nativos han sido plantados por ellos en la zona. Si logran continuar exitosamente con la actividad, en algunas décadas una amplia región alrededor de la Quebrada tendrá montes nativos bastante parecidos a los que hubo allí hasta hace unos siglos.

TREINTA Y TRES Y LA QUEBRADA

José llegó a Treinta y Tres por la apicultura, primero contratado para llevar colmenas a predios que producían semilla fina para CALVASE. En ese momento comenzó a estudiar la incidencia real del trabajo de la abeja en los semilleros.
Ya en el año 2004 instaló el vivero de especies nativas, y más o menos en esa época viajó a Brasil como parte de un grupo que visitó a productores del Movimiento Sin Tierra (MST), “para visualizar sistemas productivos de yerba mate a nivel familiar con criterio de conservación ambiental y ecológico”. “Lo que queríamos desarrollar ansiosamente ya lo encontramos desarrollado y generando conocimientos. Por ejemplo conocimos los sistemas productivos de agrofloresta
Luego hicimos otros viajes a Brasil, con productores de plantas medicinales”.
Entre los principales logros de esa visita inicial enumera que lograron romper “con la idea que nos impusieron de que el MST era un grupo de bandidos, cuando en realidad el MST tenía una producción familiar e industrial familiar completamente admirable; lograron que miles de familias pudiesen vivir y producir semilla ecológica y agroecológica para todo Brasil, con un sentido comunitario de la tierra y de los medios de producción”. Había mucho para aprender, hasta el tratamiento de la salud con plantas medicinales. “Ahí dijimos: 'vamos a usar un enfoque agroecológico y productivo en la producción familiar'”. Eso fue fundamental porque mostró que se podía hacer, “cuando acá se seguía diciendo que no se podía”.

MUCHO MÁS QUE YERBA MATE

En el año 2002 comenzaron a hacer prospección de plantas nativas, relevando qué especies y biotipos había en la zona. Comenzaron en la Sierra del Yerbal y específicamente con la yerba mate. “Fue un proceso muy interesante: te encontrás con un material genético muy bueno pero inmediatamente tenés que pensar en qué sistema productivo desarrollarlo. El desafío fue -justo cuando se generaba y comenzaba a funcionar el Área Protegida de la Quebrada de los Cuervos-, generar un sistema productivo en el área adyacente que necesariamente debe ser agroecológico. El desafío no era tanto reproducir la yerba mate y generar un producto nacional, sino generar un sistema productivo que conserve las cuencas, el ambiente y el área protegida. Reproducir la yerba mate no es difícil, lo desafiante es generar un sistema productivo que necesariamente debe ser combinado con la ganadería y biodiverso. Ahí está el desafío más grande, y es el factor de más importancia para el futuro, poder producir en el mismo sistema yerba, madera, aceites esenciales, energía, frutos, pastura, semilla, conservando la biodiversidad. Todo el mundo focaliza en la yerba mate, pero el punto no está en eso, sino en generar un sistema productivo que en primer lugar respete los ambientes del ecosistema predial -monte ribereño, bosque serrano-, que son objeto de conservación en las áreas protegidas pero que debemos proteger en todo el territorio nacional. Yo les llamo ambientes productivos: podés hacer al mismo tiempo conservación y producción, pero debés tener un criterio ecológico en la conservación de esos ambientes, considerando el tipo de intervención que hacés. ¿Cómo trabajamos al mismo tiempo la biodiversidad y la producción?”
Pepe señala a lo lejos, desde la mesa en la que conversamos, en el patio de su casa-vivero: “Mirá allá esa ladera. Allí se te da la caroba, el guayabo del país, abundante; pero hay carqueja, hay posibilidades de generar leña. Cuando entrás a visualizar los ambientes, ves cómo podés intervenir sutilmente, generando producción, inclusive con la ganadería adentro. Es ahí en dónde hay que generar conocimiento. Indefectiblemente, la biodiversidad, dentro de un sistema, genera producto. O te generó leña, o alimento, o medicina. Entonces, ¿cómo trabajamos de manera inteligente la biodiversidad en ese espacio, combinando todo? No es un rubro productivo; no es la oveja, o la oveja y la vaca. En ese marco, la yerba mate es parte de un sistema biodiverso. No es un monocultivo de yerba mate, no es un monocultivo de guayabo del país, o de eucaliptus; es manejar la biodiversidad y que esos ambientes sean productivos. Si hoy en día el desafío del cambio climático está en buena parte en sostener la biodiversidad, que en definitiva es la que regula el cambio climático, evidentemente el camino está por ahí”.

PINDÓ AZUL

Pindó Azul es una organización agroecolóica formada por menos de 20 socios, de los cuales más o menos una decena son activos. Trabajaron por años, junto a otras personas e instituciones, en la creación y consolidación del área protegida de Quebrada de los Cuervos -fue la primera en la historia nacional-, luego con plantas nativas medicinales, con productores de la zona.
Desde el año 2006 desarrollan un proyecto inédito, la regeneración de monte nativo, plantando árboles nativos en montes ya existentes pero seriamente degradados por la presencia de especies exóticas, tala u otras actividades, fuera del área protegida de la Quebrada de los Cuervos pero en su zona de influencia. Hasta el momento han plantado unos ocho módulos de una hectárea cada uno, a razón de unos mil árboles por hectárea.
Lo hacen en tierras que pertenecen al Instituto Nacional de Colonización -y pagan un canon para poder hacerlo- y en predios de pequeños productores de la zona, realizando acuerdos con ellos y buscando que este trabajo, en el futuro, brinde no sólo beneficio ecológico y ambiental a la sociedad, sino además beneficio económico a las familias que realizan la actividad. Este es uno de los desafíos principales.
Y ya hay beneficios. Ya se procesa fruta que se obtiene de estos montes, y se hacen bombones y mermelada de arazá, que vende la familia Olivera. Se pueden obtener más de 100 kgs de fruta de cada módulo de una hectárea, y pretenden crear un sistema en el que se obtengan productos diversos -fruta, yerba, madera, pasturas- en beneficio de las familias.
El material genético para las nuevas plantas, las semillas, las da el propio monte, pero a través de la comunidad: “Rescatamos material y cada módulo es un banco de germoplasma. Ahora estamos en un proceso de reproducción y mejoramiento, porque cada productor trae los mejores frutos para sembrar, y volvemos a colectivizar, es para todos. No es el guayabo de Pepe Puigdevall, es el guayabo de recolección y selección comunitarias de familias de la Quebrada de los Cuervos”.
Los productos se venden en el lugar. “Se vende acá mismo, es otro aspecto de la soberanía alimentaria, porque si entrás a derivar y derivar, entrás en la lógica del mercado. Es importante no gastar energía en el traslado de la producción. Se vende acá, y es posible porque a la Quebrada entran 14 mil personas al año”.
Quienes trabajan en Pindó Azul, además, no lo hacen con un criterio de “intervención”, tan usual en proyectos de desarrollo nacionales e internacionales. “Es un proceso de desarrollo basado en la convivencia. Convivimos con el proceso; no intervenimos y nos retiramos. Como todo proceso, tiene altos y bajos. En un momento, cuando no aparecía todavía la fruta, parecía que todo se iba al carajo”.
Para terminar la visita a lo de Pepe, nos subimos a un camión medio destartalado y nos fuimos a visitar uno de los módulos en los que se han sembrado miles de árboles nativos. Pepe nos saca rápidamente una ventaja de decenas de metros, y a veces se dificulta hasta verlo, en medio del monte. De a ratos se detiene, nos espera, y nos señala alguna planta, quizá protegida con unas ramas a su alrededor, que parece crecer de manera muy saludable. Es una de las ocho a diez mil que ha plantado en los últimos diez años. Si todo sigue marchando como lo piensan y sueñan, en unos años más serán unos cuantos miles de árboles más, y unas cuantas familias que podrán mejorar su ingreso y su nivel de vida, conservando y mejorando al mismo tiempo el ambiente en el que viven y trabajan.

YERBA MATE

Pepe Puigdevall, Pindó Azul y el vivero que tienen unos 9 quilómetros antes de llegar a la Quebrada de los Cuervos -al camping que existe en el Área Protegida- ya han sido objetos de una fuerte atención, desde que comenzaron a producir yerba a partir de plantas que había y hay en el propio monte.
Buena parte de los uruguayos no tenía -o ni tiene aún- idea acerca de la existencia de plantas de yerba mate en nuestro país, que son silvestres, y la producción de yerba -”ecológica” o “ambientalmente amigable”- sin agregados ni procesos industriales, fue toda una novedad para el país.

Dicen que los mates que se toman con esa yerba son exquisitos, y que no tienen nada que ver con los que preparamos en nuestras casas. Probar esos mates quedó para la próxima visita.

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